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Silencios incómodos...

 Silencios incomodos”- de Ely Navarro

 

Ingresa joven con un vaso de agua en una mano y maceta pequeña en la otra. Se sienta. Él es Juan. Juan bebe el agua, deja un poquito para regar la planta que hay en la maceta.

Juan: En la primavera no floreció. Fue raro porque abrió una ramita distinta y pensé:” eso va a ser flor”. Pero no. Esa ramita después de unos días se secó y se cayó.

Me la regalo Antonia, con un cartelito que decía: “cuidala, cuidate, amala, amate”. Como deslizando una intensión de amor en segunda persona, no había un amame, cuidame, y no supe que responder.

Esa tarde fue interminable, llena de silencios crudos, incomodos, el aire frio. “¿querés un té, mate?”. Ella solo movió la cabeza negando. No hablaba, tenía la maceta entre sus manos, pero no decía nada. Nos sentamos enfrentados. Yo la miraba y ella miraba el piso. Por teléfono se la escuchaba mas amena, ahora era un iceberg. En un momento dejó la maceta en la mesa y yo no sabia si mirar o no mirar.  Y susurrando dijo: “De mi jardín, para vos”, lo dijo tan rápido que pensé que era el nombre de la planta “demijardinparavos”, y solo dije: “gracias”. Pensé: “después pregunto como mierda es y como se cuida”. Cuando mi cerebro conectó lo que dijo, sonreí, pensé: “que lindo gesto”, pero no dije nada.

En un momento me levanté a hacer un té y miré la hora, ella me dijo violentamente: “si querés me voy”. Entonces la miré fijamente y le dije algo que sinceramente no sé de donde salió esto.

Le relate esto. En un bar se juntan dos desconocidos, están nerviosos porque es la primera vez que se ven, han hablado por teléfono, pero no se habían visto, él no sabe si besarla, abrazarla, pero al final decide no hacer nada. Se la ve distinta a lo que parecía en mensajes o por teléfono. Pensar que antes la gente se comunicaba por carta, y tardaban meses, hasta años en llegar las respuestas, a veces no llegaban, pero si las personas estaban destinadas a conocerse simplemente sucedía.

Vuelvo al relato del bar, ellos llegan puntuales, el mozo toma el pedido, él pide una cerveza y ella un vaso de agua, inmediatamente él se siente incomodo y piensa para sí mismo: “debería haber pedido un café, puta madre”.

Traen la cerveza y el agua, y comienza un silencio infinito, interminable. Él desea no estar ahí, y presiente que ella tampoco. Ella mira al piso, pero en un momento levanta sus ojos increíblemente negros y lo mira directo a los ojos, él no puede despegar sus ojos de ella, se quedan así durante minutos, minutos que se vuelven horas. La gente pasa y los mira, el mozo no sabe si interrumpir con el menú del día, finalmente decide no hacerlo.  Las horas pasan y ellos ahí, como congelados en el tiempo, es tarde, el bar comienza a cerrar, el mozo levanta vasos, limpia el piso, ordena.  En un momento ocurre un accidente terrible en la calle, un auto Ford k rojo, impacta contra una motomel negra de pedidos ya, se escuchan gritos, la gente corre a socorrer, llega la policía, la ambulancia, y ellos ahí inmutables.

Entonces el mozo se acerca y le toca suavemente el hombro a ella, y ambos al unísono se desvanecen como polvo, una briza ingresa al lugar haciéndolos desaparecer en el aire, y el mozo queda impactado ante tanta belleza.

Hice una pausa al final de mi relato, y le dije a Antonia: “si querés irte, andate, no me molesta”, y ella me dijo: “lleva poca agua, cuidala”, y se fue.


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