La belleza de acompañar un proceso creativo actoral no tiene precio.
Desde el momento que inicias el proceso en el que ves (si tenés la suerte) como se despliega el abanico de pieles que caen en la construcción de un personaje.
Sumar una pequeña propuesta desde afuera y que eso sea como un fósforo que enciende un montón de paja acumulada.
También, como directora me ha pasado no ver ese proceso, ya sea porque no se pudo construir ese puente de confianza que permita que el actor se abra y componga, o porque falta tiempo de gestación.
Es un proceso lento, y no todos están preparados, la magia nace pero va creciendo a lo largo del tiempo, con muchos factores que se van a sumar como: ensayos iniciales, entrenamiento, ensayos finales, el público y acá debo decir también que tipo de público, sin desmerecer ninguno.
Pero no es lo mismo hacer funciones para un público que habitualmente ve teatro, que tiene la mirada más afilada, que un público que no.
Los condicionantes también para el actor son la salud, emocional, muchas veces hacen las funciones enfermos, o con situaciones personales que no lograron sacar de escena.
Por eso, para mí es admirable cuando se logra construir con este actor que no solo deja que una como directora vaya quitando esas pieles tipo cirujana, si no que además función tras función acepte las devoluciones para seguir trabajando en ese proceso infinito.
El trabajo de un director junto al actor es de ida y vuelta, hay un crecimiento mutuo, pero si no hay confianza no se puede trabajar, si el actor no comprende que su percepción nada tiene que ver con la realidad que se ve, y no se suelta en ese proceso, no hay crecimiento alguno.
Componer, poner con, buscar herramientas para colaborar, esa es la labor del director, acompañar en ese camino inmenso que está desarrollando el actor, brindar esa suerte de mapa de rutas para arribar a un puerto que desconocemos si es el final, ya que el trabajo termina tal vez cuando la obra deja de ser representada.
Recién analizaba el trabajo de un actor que estaba actuando el famoso monólogo de Hamlet, y la naturalidad, me perforó, lo sentí en la piel y pensé en ese director llegando a ese lugar soñado.
Y es ahí donde todos queremos llegar... a la magia infinita.

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